Horqueta: Se convirtió en artesano en una prisión
Un joven que estuvo por más de tres años preso volvió a Horqueta y, tras pagar su deuda con la sociedad, se convirtió en un artesano. En la cárcel aprendió el oficio para su reinserción.
HORQUETA. Se trata de Whiliam Fleitas Ferreira, de 29 años, quien no oculta que durante el tiempo en que estuvo encerrado pudo aprender a forrar termos, jarras, libros, portarretratos y elaborar juguetes de madera. Mediante su trabajo, logra ayudar económicamente a su familia.
Contó que con la experiencia que vivió en la cárcel se cumple el dicho de que “no hay mal que por bien no venga”.
Recordó que agentes policiales lo detuvieron hace unos cuatro años cuando manejaba un camión que transportaba marihuana con destino a Pedro Juan Caballero.
Por ese delito tuvo que cumplir una condena en la penitenciaría regional de dicha capital departamental.

Pero Fleitas ve el lado positivo y afirma que su estadía en prisión le cambió su estilo de vida, gracias a la influencia de un amigo que le enseñó a hacer estas artesanías y también por el apoyo de misioneros católicos que lo visitaban.
El joven se casó, formó una familia y ya tiene dos hijos. Mediante el trabajo artesanal, ayuda en el mantenimiento económico del hogar.
Contó que su esposa, Mirtja Graciela Benítez, estudia docencia, y adelantó que cuando ella culmine sus estudios él ingresará a la universidad para estudiar ingeniería agraria. Afirma que el único camino para enfrentar esta vida es apostar a la educación.
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La ciudad es el espacio común donde transcurren nuestras vidas, sueños y actividades cotidianas. Sin embargo, muchos ciudadanos muestran una preocupante inconsciencia respecto al cuidado de nuestro entorno común.
Esta falta de responsabilidad se refleja en acciones aparentemente pequeñas como arrojar basura en la vía pública, dañar espacios públicos, ignorar o irrespetar normas de tránsito, pero que, acumuladas, generan un impacto profundo en la calidad de vida de todos.
La raíz de esta inconsciencia ciudadana suele darse por la percepción de que la ciudad es un espacio ajeno, administrado únicamente por las autoridades. Entonces, el ciudadano se convierte en un usuario pasivo que exige servicios, pero no se reconoce como corresponsable de su mantenimiento.
Cuidar la ciudad no es solo una cuestión estética, sino un acto de responsabilidad colectiva. Una urbe limpia, ordenada y respetada fomenta el bienestar, atrae turistas e inversiones y fortalece la identidad cultural.
La conciencia ciudadana implica reconocer que cada acción individual tiene un efecto multiplicador: un papel arrojado al suelo puede parecer insignificante, pero se convierte en una de descuido cuando se repite miles de veces y es mal ejemplo para otros.
Esta irresponsabilidad ciudadana tiene consecuencias visibles como:
la acumulación de residuos en calles y plazas deteriora la imagen urbana y afecta la salud, el vandalismo y el uso irresponsable de bienes públicos generan una carga para el Erario público por costos elevados, reparación persistente, uso indebido de personales. La indiferencia hacia el entorno común refleja también una falta de solidaridad y compromiso con los vecinos y la comunidad.
Pero no todo es dependiente del ciudadano, es vital que las autoridades y gobiernos locales (Municipalidad y Gobernación) muestren coherencia, mediante una educación cívica constante, manteniendo espacios públicos en buen estado y sancionando el vandalismo. Deben transmitir que el respeto es una regla real, y no un discurso populista. Esa actitud se alimenta de la falta de educación cívica y de la ausencia de campañas sostenidas que promuevan el sentido de pertenencia y el respeto por lo público.
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“Respetar la ciudad es respetarnos a nosotros mismos. Cada plaza cuidada, cada árbol protegido y cada calle limpia es un reflejo de nuestra dignidad como comunidad. La ciudad no es de otros: es nuestra casa compartida.”
"La comodidad y la pasividad promueven las malas costumbres"
Escrito por: Dr. Ruben Dario Cabral G.
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