Ña Marina, la abuelita que vende empanadas en bicicleta
Concepción. 03-nov-2022.- Ella misma elabora la masa y el relleno; luego sale a recorrer las calles de la ciudad a bordo de su compañera de viajes.
Hace 37 años, doña María Marina Ramírez Torales, de 69 años, vende empanadas elaboradas por ella misma. En su particular vehículo , una bicicleta roja recorre las calles de Concepción para vender sus productos calentitos con pancitos
Muchas veces se coloca en una esquina en donde le llueven clientes, todos coinciden que las empanadas de Ña Marina, como le conocen, son las mejores de la zona. El precio es de tan solo G. 1.500.
La abuelita contó a EXTRA que se levanta a las 2:00 de la madrugada para preparar la masa y el relleno, a veces los prepara en su puestito porque a la gente le gusta comer empanadas recién hechas. Al día prepara unas 200 empanadas, todas terminan muy rápido.
"Demasiado le gusta a la gente, recién había una fila de 10 a 12 personas, toditos me esperaron para comprar mis empanadas. Muchos me ayudan, algunos fritan, otros cargan las empanadas, toditos me dicen abuela. Algunos llevan 10, 15 o 25, le gusta a la gente", contó entre risas.
"Esta bici tengo hace 14 años, porque me robaron la que tenía y después de eso quedé muy mal. Esta bici me regaló una señora, ya es viejita, pero anda todavía", expresó Ña Marina.
Con la venta de empanadas sacó adelante a sus cinco hijos, todos casados y profesionales. Ña Marina continúa trabajando porque le gusta, se siente productiva y lo seguirá haciendo hasta que Ñandejára diga basta, según dijo.
Fuente: Extra
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La ciudad es el espacio común donde transcurren nuestras vidas, sueños y actividades cotidianas. Sin embargo, muchos ciudadanos muestran una preocupante inconsciencia respecto al cuidado de nuestro entorno común.
Esta falta de responsabilidad se refleja en acciones aparentemente pequeñas como arrojar basura en la vía pública, dañar espacios públicos, ignorar o irrespetar normas de tránsito, pero que, acumuladas, generan un impacto profundo en la calidad de vida de todos.
La raíz de esta inconsciencia ciudadana suele darse por la percepción de que la ciudad es un espacio ajeno, administrado únicamente por las autoridades. Entonces, el ciudadano se convierte en un usuario pasivo que exige servicios, pero no se reconoce como corresponsable de su mantenimiento.
Cuidar la ciudad no es solo una cuestión estética, sino un acto de responsabilidad colectiva. Una urbe limpia, ordenada y respetada fomenta el bienestar, atrae turistas e inversiones y fortalece la identidad cultural.
La conciencia ciudadana implica reconocer que cada acción individual tiene un efecto multiplicador: un papel arrojado al suelo puede parecer insignificante, pero se convierte en una de descuido cuando se repite miles de veces y es mal ejemplo para otros.
Esta irresponsabilidad ciudadana tiene consecuencias visibles como:
la acumulación de residuos en calles y plazas deteriora la imagen urbana y afecta la salud, el vandalismo y el uso irresponsable de bienes públicos generan una carga para el Erario público por costos elevados, reparación persistente, uso indebido de personales. La indiferencia hacia el entorno común refleja también una falta de solidaridad y compromiso con los vecinos y la comunidad.
Pero no todo es dependiente del ciudadano, es vital que las autoridades y gobiernos locales (Municipalidad y Gobernación) muestren coherencia, mediante una educación cívica constante, manteniendo espacios públicos en buen estado y sancionando el vandalismo. Deben transmitir que el respeto es una regla real, y no un discurso populista. Esa actitud se alimenta de la falta de educación cívica y de la ausencia de campañas sostenidas que promuevan el sentido de pertenencia y el respeto por lo público.
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“Respetar la ciudad es respetarnos a nosotros mismos. Cada plaza cuidada, cada árbol protegido y cada calle limpia es un reflejo de nuestra dignidad como comunidad. La ciudad no es de otros: es nuestra casa compartida.”
"La comodidad y la pasividad promueven las malas costumbres"
Escrito por: Dr. Ruben Dario Cabral G.
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