Horqueta: Con sus 91 años sigue vendiendo frutas y yuyos
HORQUETA. Doña Martina Cáceres (91 años) es un ejemplo de vida para la sociedad, porque trabaja sin cesar desde las primeras horas de la mañana recorriendo las calles de esta ciudad para vender sus productos.
Vive en una precaria casa del barrio Ycuá Lucero, desde donde inicia su sacrificado trajinar por las calles, despertando la admiración de todos.
Es madre soltera, no le afecta enfermedad alguna y recorre toda la ciudad hasta vender todos sus productos en el día. Con la venta de remedios vegetales, frutas y productos comestibles se gana la vida. Doña Martina logra obtener recursos económicos para contar con sus alimentos y para el cuidado de su hija, quien no puede trabajar porque sufre de una enfermedad cardiaca.
Ña Martina comentó que realiza visita casa por casa para ofertar sus productos, trabajo con el que logra recaudar diariamente unos cincuenta mil guaraníes.
Recordó que empezó a vender los remedios yuyos, frutas y otros productos desde los 17 años e indicó que es el único trabajo que le permite obtener ganancias, porque no cuenta con familiares que la ayuden.
La ciudadanía califica a Ña Martina como “kuña mbarete”, ya que es un ejemplo para las personas que no se esmeran en trabajar y se dedican a la delincuencia.
Las mismas autoridades eclesiásticas como municipales le deberían rendir un homenaje porque es un ejemplo de vida para todos.
ABC
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La ciudad es el espacio común donde transcurren nuestras vidas, sueños y actividades cotidianas. Sin embargo, muchos ciudadanos muestran una preocupante inconsciencia respecto al cuidado de nuestro entorno común.
Esta falta de responsabilidad se refleja en acciones aparentemente pequeñas como arrojar basura en la vía pública, dañar espacios públicos, ignorar o irrespetar normas de tránsito, pero que, acumuladas, generan un impacto profundo en la calidad de vida de todos.
La raíz de esta inconsciencia ciudadana suele darse por la percepción de que la ciudad es un espacio ajeno, administrado únicamente por las autoridades. Entonces, el ciudadano se convierte en un usuario pasivo que exige servicios, pero no se reconoce como corresponsable de su mantenimiento.
Cuidar la ciudad no es solo una cuestión estética, sino un acto de responsabilidad colectiva. Una urbe limpia, ordenada y respetada fomenta el bienestar, atrae turistas e inversiones y fortalece la identidad cultural.
La conciencia ciudadana implica reconocer que cada acción individual tiene un efecto multiplicador: un papel arrojado al suelo puede parecer insignificante, pero se convierte en una de descuido cuando se repite miles de veces y es mal ejemplo para otros.
Esta irresponsabilidad ciudadana tiene consecuencias visibles como:
la acumulación de residuos en calles y plazas deteriora la imagen urbana y afecta la salud, el vandalismo y el uso irresponsable de bienes públicos generan una carga para el Erario público por costos elevados, reparación persistente, uso indebido de personales. La indiferencia hacia el entorno común refleja también una falta de solidaridad y compromiso con los vecinos y la comunidad.
Pero no todo es dependiente del ciudadano, es vital que las autoridades y gobiernos locales (Municipalidad y Gobernación) muestren coherencia, mediante una educación cívica constante, manteniendo espacios públicos en buen estado y sancionando el vandalismo. Deben transmitir que el respeto es una regla real, y no un discurso populista. Esa actitud se alimenta de la falta de educación cívica y de la ausencia de campañas sostenidas que promuevan el sentido de pertenencia y el respeto por lo público.
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“Respetar la ciudad es respetarnos a nosotros mismos. Cada plaza cuidada, cada árbol protegido y cada calle limpia es un reflejo de nuestra dignidad como comunidad. La ciudad no es de otros: es nuestra casa compartida.”
"La comodidad y la pasividad promueven las malas costumbres"
Escrito por: Dr. Ruben Dario Cabral G.
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