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13 feb 2013

"Quemazón" en el Chaco

Chaco.- Naturaleza muerta. Como una nefasta obra de los “artistas” de la destrucción ecológica el color amarillo del fuego vivo plasma ante la vista un paisaje desolado en tonos ceniza y negro carbón.

Es lo que queda tras las quemazones que los estancieros realizan para “limpiar” el campo en zona del Chaco paraguayo.
La voracidad de las llamas obligó la huida desesperada de dos coatí. Y solo abandonaron a sus crías cuando ya no aguantaron el calor del fuego que en minutos arrasó los vegetales secos y vivos. Dantesca escena de quemazón en el Km 90 de la ruta Transchaco, zona de Benjamín Aceval.A lo largo de la ruta asfaltada que conecta Concepción, Pozo Colorado con Asunción, el paisaje presenta un cuadro desolador con miles de focos de incendios consumados. 
Las altas temperaturas del verano y la prolongada sequía favorecen la agonía de la vegetación, que se enciende con facilidad. Sin embargo, el fuego que realizan los peones de estancias con el propósito de “limpiar” los campos, no solo destruye palmares, arbustos y pastizales, sino que atenta contra la fauna: miles de animales silvestres mueren calcinados. 

El inconsciente acto de grave atentado contra la naturaleza es una vieja práctica que ya en su época el sabio Moisés Bertoni criticaba enérgicamente en su libro “El rozado sin quemar. Una gran reforma necesaria y urgente”. 
Decía él en su texto de 1926 que “los paraguayos no saben hacer otra cosa que incendiarlo todo”. A su vez, el intelectual Rafael Barrett escribió en 1907 un artículo titulado “El odio a los árboles”. Denunciaba Barrett que los paraguayos echaban todos los árboles cuando debían construir nuevas casas: “Sí, es necesario que se vea limpia, desnuda... 
Es necesario que se diga: “Esta es la casa nueva de Fulano, de ese que ahora está tan rico”. Es necesario que pueda contemplarse sin obstáculos el monumento a la actividad de Fulano. Los árboles sobran; “quitan la vista”. Y hay algo más que es vanidad en el afán de pelar el suelo; hay odio, odio a los árboles”. 
Cien años después, todavía la reducida naturaleza del Paraguay continúa sufriendo ataques inmisericordes de los que explotan la tierra.
A la imparable deforestación se suma la práctica de las quemazones que se hace para convertir en cenizas los arbustos y esperar que la lluvia renueve los pastizales para alimentar el ganado. Con ese objetivo, el maravilloso paisaje del Chaco paraguayo se convierte en un tétrico cuadro que bien podría titularse: “El infierno verde”. Una historia repetida, que no tiene fin.
Fuente: ABC Color

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